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¿A qué se debe el afán de cerrarnos al mundo?

Por Ángel Verdugo

Suele decirse, entre quienes siguen sistemática y permanentemente los procesos de apertura y la incorporación voluntaria a la globalidad, que es imposible que una economía que se abrió vuelva a cerrarse. Esta regresión, por encima de las intenciones de negociantes cuya forma de hacer negocios es la complicidad con la alta burocracia, luce imposible de concretarse.

Al parejo de los intentos por cerrar una economía abierta, hay otro proceso que en algunos casos muestra un nivel de éxito tal, que en los hechos parece haber logrado el cierre, si no de la economía, sí de algunas áreas de ella. Procuraré explicarme.

Imagine usted por un momento, esta situación: En una economía abierta desde hace tres decenios, aparece un candidato a la Presidencia con una visión un tanto rara. Si bien manifiesta su aprobación a la apertura durante la campaña, y durante la transición de candidato triunfador a presidente electo y de ahí a Presidente Constitucional, ya con esta última cualidad empieza a tomar decisiones que se reflejan en medidas las cuales, envían un mensaje preocupante: Es mejor aislarnos del exterior.

Para fortalecerlo, comienza a complementarlo con expresiones despectivas en contra de quienes fueron a universidades del extranjero y obtuvieron ahí algún grado académico. Les lanza la acusación de que regresaron, de esos espacios del mal, con malas mañas al haber convivido con el Maligno.

También, sin razón aparente, desmantela grupos de funcionarios experimentados en negociaciones comerciales y la diplomacia; también, para coronar este esfuerzo aislador, decide vender los aviones de la Presidencia porque, parece ser su mensaje, él no necesita viajar al exterior.

Lo que vemos conformarse poco a poco —con este conjunto de acciones y mensajes por parte del gobernante—, es una actitud aquí bien conocemos: Aislarnos de manera voluntaria del resto del mundo. ¿Por qué ir a contrapelo de la historia? ¿Qué justifica y explica este proceso involutivo? ¿Qué mentalidad soporta y racionaliza este conjunto de decisiones las cuales, por decir lo menos, son absurdas?

¿Acaso es únicamente el desconocimiento de las bondades del comercio exterior? ¿Hay por ahí algún complejillo de inferioridad que se expresa en el miedo a tratar con el ajeno? ¿Será, posiblemente, el temor a no saber comportarse en ciertos ambientes que le son desconocidos? ¿Teme, dada su inexperiencia, ser visto como pueblerino y atrasado, en lo que se refiere a las grandes transformaciones recientes del mundo?

Sean cuales fueren las razones de sus decisiones, lo cierto es que hay toda una estrategia no manifestada explícitamente, de cerrarse al mundo, al menos en la mentalidad. Esto, que podría parecernos inocuo y sin consecuencias para los intercambios comerciales y las relaciones con nuestros principales socios comerciales, entraña un grave riesgo para el país y su economía y también, para la visión y mentalidad de quienes integran el gabinete y/o su círculo más cercano.

¿Imagina usted a nuestro secretario de Hacienda no poder —sin el permiso de su jefe— rentar un avión privado para volar durante la noche y estar a las nueve de la mañana en las oficinas en Nueva York de un grupo de inversionistas, que amenaza sacar del país varios cientos de millones de dólares en papel emitido por el gobierno federal? Esta clase de mentalidad cerrada es, no tengo duda, más peligrosa que cerrar una economía.

Aquí y ahora, estamos inmersos en medio de un proceso así. Información Excelsior.com.mx

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