lunes , marzo 30 2020
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El Grande, El Rey, Osiel: la justicia en EU

Por Jorge Fernández Menéndez

No sólo en México El Lunares, líder del cartel Unión Tepito, fue liberado por segunda ocasión por decisiones incomprensibles de los jueces (y detenido por tercera vez, a ver si ésta es la vencida), sino que nos enteramos que en Estados Unidos, Vicente El rey Zambada y Lucero Sánchez, la chapodiputada, podrían haber recuperado la libertad o estar ya gozando del programa de testigos protegidos. Zambada, hermano de El Mayo, es quien involucró, con sus acusaciones, al exsecretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna.

La idea de ir cazando a personajes menores que delaten a quienes están un escalón por encima de ellos, para así llegar a la cúspide criminal, sobre todo en delitos de crimen organizado, tiene lógica, pero en el camino puede dejar un enorme caudal de impunidades.

La transformación de un peligroso delincuente, que ha acabado con miles de vidas, en un testigo protegido en libertad o que goza de una corta pena a cambio de un testimonio no tiene nada que ver con la justicia.

Hemos criticado la amnistía encubierta de la que hablaba el presidente López Obrador hasta hace unos meses, pero esa idea la comparten, a cambio de algún testimonio, también en Estados Unidos.

Hace algunas semanas fue liberado Sergio Villarreal, El Grande, uno de los más peligrosos operadores y sicarios del cártel de los Beltrán Leyva, por haber colaborado en el juicio de El Chapo. Mucho antes, no se sabe por qué, Osiel Cárdenas Guillén, el temible líder del cártel del Golfo y creador de Los Zetas, recibió una condena de apenas 25 años, que serán menos, y una multa de 50 millones de dólares.

En unos pocos años, con buena conducta Osiel estará en libertad. En ese camino están, también, La Barbie y otros narcotraficantes.

Obviemos el caso de Lucero Sánchez, la chapodiputada, porque, siendo una estrecha colaboradora y novia de Guzmán Loera, no estuvo, aparentemente, involucrada en hechos de sangre, pero El Rey Zambada fue uno de los principales narcotraficantes del país, un personaje (como El Grande, como Osiel y como muchos otros) que llenaron de sangre nuestro país, que mataron aquí y en Estados Unidos a miles, por violencia y por sobredosis, que destruyeron familias y comunidades.

Su detención y el combate al narcotráfico, se apoye o no la estrategia seguida en las últimas décadas, ha costado miles de millones de dólares a nuestro país, ha ocasionado 200 mil muertes, ha obligado esfuerzos enormes de la sociedad y del Estado mexicanos, nos ha hecho vivir en la zozobra.

Se ha luchado, con aciertos y errores, para proteger los intereses nacionales y sociales, pero también, como parte del compromiso con Estados Unidos, en su propia lucha (es un decir) contra el masivo consumo de drogas en ese país. Más de 30 millones de consumidores en la Unión Americana utilizan las drogas que se envían desde México, y desde allí llegan las armas que utilizan nuestros traficantes y de ese consumo se hacen fortunas que alimentan a los cárteles.

Y ahora resulta que, en un extraño giro que comenzó desde hace algunos años y se ha acentuado durante la administración Trump, cada vez más nos enteramos de que capos y sicarios, que se convierten allá en colaboradores, obtienen penas bajas y, en ocasiones, su libertad.

No existe siquiera un parámetro que permita medir el porqué de esas decisiones, ¿realmente es mucho más peligroso El Chapo Guzmán que el liberado Sergio Villarreal (un sicario temible), que el aparentemente exonerado Rey Zambada o que Osiel Cárdenas (un verdadero carnicero) beneficiado con una condena indulgente?, ¿por qué se indignan las agencias estadunidenses porque un juez liberó a Rafael Caro Quintero después de 26 años de prisión (una liberación en la que sí se torció la ley), pero ellos liberan a narcotraficantes tanto o más peligrosos porque, simplemente, delataron a alguien?

Reconozco que no entiendo el doble discurso, el doble o triple rasero para medir la criminalidad.

No entiendo por qué Estados Unidos está abandonando algo que era fundamental a la hora de decidir si alguien se podía convertir en testigo protegido: el que confirmara sus dichos con pruebas.

Puede ser que los Zambada (El Rey o El Mayito, el hijo el Mayo) hayan colaborado con las autoridades incluso desde antes de ser detenidos, como se ha dicho, pero sus declaraciones (por lo menos las que se han hecho públicas) no están sustentadas en prueba alguna, son dichos.

Sus crímenes sí son reales y se cometieron durante años a un costo altísimo de vidas.

Instalados en el cinismo, tendremos que preguntarnos para qué aquí los perseguimos, los investigamos, los detenemos y los extraditamos, si allá, de acuerdo con sus intereses, van a terminar siendo exonerados y protegidos. Información Excelsior.com.mx

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