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Estimado Damián Zepeda:

Por Víctor Beltri

“Durante medio siglo, el PAN, impedido por la cultura y la práctica del fraude electoral derivado de una concepción excluyente y casi totalitaria de la política, convertida en violación sistemática e impune de las leyes electorales, se fue identificando como ‘la oposición’, en la misma medida que el PRI se identificaba con ‘el poder’. Por esta lamentable ruta, el uno y el otro olvidaron que un partido político no puede ni debe identificarse con la una ni con el otro, sino competir honesta y legalmente por los votos y ejercer aquélla o aquél según lo decidan los electores. No es de la esencia de un partido ser ‘la oposición’ ni ser ‘el poder’. Por eso el PAN, cuando empezó a ganar elecciones, atravesó por un periodo en que lo atribuló y confundió el hecho de dejar de ser la oposición. Análogamente, el PRI, cuando comenzó a perder en las urnas, se inquietó porque dejaba de ser el poder. Si este cambio todavía en curso condujera al PAN a pensar que su esencia es el poder y a actuar en consecuencia, Acción Nacional podría ‘electoralizarse’ hasta el olvido de que su esencia verdadera es luchar —desde la oposición o desde el poder— por la aceptación de más y más personas, de la cultura que expresa en política. Y no es que se proponga que el PAN renuncie a buscar seria y eficientemente el poder, sino señalar que, si se busca éste sin parar mientes en los medios que utiliza para conseguirlo, puede negar en los hechos la cultura propia. Un triunfo así obtenido sería un suicidio histórico. Sería como confundir la anécdota con la historia, la coyuntura con la estructura, la escaramuza con la batalla, el medio con el fin, el instrumento con el producto. Y no hay verdadera victoria electoral sin victoria cultural. Sobre todo si, con tal de conseguir el poder, se niega con los actos la cultura propia. El partido que en la práctica muestra que no cree ni confía en las propias ideas, ni respeta su propia historia, acaba por darle la razón y el poder a las ideas ajenas, por mentirse a sí mismo y engañar al elector. Lo que puede ser satisfactorio y hasta estético, pero no es ético y, finalmente, ni siquiera político, al menos en el sentido de político que hicieron suyo y heredaron a sus sucesores los fundadores y promotores del PAN.

“Una cosa es votar junto con otros partidos en favor de iniciativas que, desde el punto de vista de la cultura panista, sirven al bien común temporal de los mexicanos. Así lo ha hecho el PAN durante toda su historia y con partidos que no comparten esa cultura. Otra muy distinta es aliarse disolviéndose culturalmente en un conjunto con tal de obtener el poder, porque de este modo el PAN deja de proponer al elector lo suyo, lo priva de su propia alternativa y lo deja sin opción, sobre todo si se piensa que, en la actualidad, los eventuales aliados son fruto cultural y político del priismo. Una alianza de esta naturaleza deja a los electores ante un callejón sin salida: no importa por quién vote, votará por la cultura política del PRI. Esto no es sacar al PRI de Los Pinos”.

Los párrafos anteriores fueron redactados por Carlos Castillo Peraza. Seguro le suena: escribía en La Jornada hace tiempo. O tal vez en alguna fotografía, su nombre en alguna placa, algo. ¿Nada? Una pista: recibió de manera póstuma la Belisario Domínguez hace justo diez años. Otra más: fue un ideólogo que despachaba a sus anchas en un escritorio que después de él ha sido inmenso, y a quien por lo visto nadie recuerda ni ha leído desde que su discípulo limpió su propia conciencia con la medalla del Senado, para después mandarlo al olvido. Busque, en especial, el texto citado —escrito en 1999— y que se titula “¿Cómo entiendo al PAN?”.

Ojalá que entienda. La responsabilidad es enorme, y rebasa la coyuntura del poder por el poder. Buena suerte en su gestión. Información Excelsior.com.mx

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