Por Celia Soto
Al hecho innegable de que el clima no nos obedece, de que se encuentra inmerso en un ciclo de cambio con patrones difíciles de predecir, hay que sumar que nuestro socio norteamericano dejó de ser un socio confiable. Aunque no hay que confundir el gusto del presidente Trump por las declaraciones bombásticas con el comportamiento de lo que representa el conjunto de instituciones y empresas con las que lidiamos como vecinos, el caso es que si México era antes al que había que obligar a ser serio mediante compromisos como el TLCAN y luego el T-MEC, ahora son los Estados Unidos los que repudian la serie de instituciones, valores y acuerdos construidos a partir de las lecciones de la Segunda Guerra Mundial, entre ellos el libre comercio.
En el juego de la verdad al que nos obligó el multicitado discurso en Davós del primer ministro canadiense, Mark Carney, está el de la llamada interdependencia entre EU y México. Hemos querido matizar con argumentos y cifras que la asimetría económica mayúscula entre nuestros dos países es en realidad interdependencia. Sí, aquellos dependen de nuestros aguacates y tomates; de algunas partes automotrices y de un nutrido comercio mil millonario. Pero no es una dependencia en la que, por algún evento catastrófico, se les vaya la vida. Se pare su economía, se cierren sus fábricas.
No es el caso mexicano. La soberanía energética mexicana es de corta duración: 48 horas. Los gobiernos anteriores, pero especialmente a partir de 2018, han aumentado la dependencia energética de México para con el gas de Texas. Como se demostró en el invierno de 2021, cuando una onda brutal de frío congeló los gasoductos texanos, nos quedamos sin energía, muchas industrias tuvieron que apagar sus hornos y cerrar temporalmente sus puertas y 26 estados fueron afectados. Y, sin embargo, no se ha aumentado en forma significativa la capacidad de almacenaje de gas. Dependemos de la impredecibilidad del cambio climático y del temperamento mercurial del presidente Trump.
El 60% de la energía eléctrica que consume el país depende del gas natural importado de Estados Unidos. Y más de 80% del consumo de gas natural viene de allá. Aunque el actual gobierno intenta, con la timidez del miedoso, reparar el daño hecho por el gobierno de López Obrador a las inversiones en materia energética, no hay un abordaje del verdadero problema estructural que enfrentamos: una demanda creciente de energía, una plataforma petrolera decreciente, un Pemex quebrado y una red de empresas proveedoras en crisis.
A corto plazo, una combinación de inversión en energías verdes como la solar, la eólica, el hidrógeno verde, en conjunto con una mejora del clima de inversión en la red eléctrica que depende del petróleo, así como en la infraestructura, sin duda representará una mejora. Pero a mediano y largo plazos, la demanda por un abasto no intermitente y confiable de energía, como la que se necesita para los centros de datos, requiere de una fuente distinta. Me refiero a la energía nuclear. Para realmente poder hablar de soberanía tenemos que ser soberanos energéticamente. Y para ello hay que sumarnos al desarrollo de la única fuente de energía, hasta ahora, que no es intermitente, que a diferencia de las “energías suaves” es muy densa (medida en kWh/hectárea) y, por tanto, con un alto potencial de eficiencia y que no genera emisiones de carbono. Y su alta densidad permite desarrollar otros usos no energéticos. Por ejemplo, desalación de agua de mar o calor para usos industriales.
En la COP28, celebrada en Dubai en el invierno de 2023, 33 países se comprometieron a triplicar la capacidad nuclear actual para 2050 y reconocieron “el papel clave de la energía nuclear para conseguir un balance neto de cero emisiones de gases de efecto invernadero en ese horizonte y en alcanzar el objetivo de limitar el incremento global de la temperatura en 1.5 grados respecto a los niveles industriales”. Entre esos países no estuvo México, ocupado en aquel entonces en promover la molienda de caña de azúcar mediante tracción animal, trenes a diesel y plantas refinadoras que nos anclan al pasado.
Como la COP reconoció el papel positivo de la energía nuclear y la incluyó entre las energías “verdes”, lo que representó un cambio de 180 grados, el Banco Mundial levantó la negativa a financiar proyectos nucleares en países en desarrollo, entre los que, sin duda, está el nuestro. El compromiso con la energía nuclear debe empezar con evaluar la posibilidad de ampliar de dos a cuatro los reactores de Laguna Verde, planta nuclear que ha proporcionado energía eléctrica confiable y segura durante 30 años, así como extender por lo menos diez años más su funcionamiento. En esa década, México podría poner en funcionamiento más reactores y acabar con la dependencia energética con el gas texano. No hay verdadera soberanía si por un desastre ambiental o temperamental nos quedamos sin gas. Información Excelsior.com.mx
Yucatán al Instante Noticias al Instante