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¿Cuál es la estrategia?

Por Pascal Beltrán del Rio

Para entender la evolución del crimen organizado y la violencia en Michoacán, hay que remontarse al 13 de julio de 1994, cuando fue asesinado en la Ciudad de México Félix Cornejo Sosa, mandamás del narcotráfico en la entidad.

Originario de Aguililla, Cornejo tuvo el control de la producción de mariguana en la sierra michoacana, que era enviada a Estados Unidos desde una pista clandestina en Mesa de la Paloma, comunidad del municipio de Tumbiscatío.

Cornejo tuvo relación con hombres que después alcanzarían notoriedad en el mundo criminal, como Félix Gallardo, El Chapo Guzmán, El Güero Palma y Arturo Beltrán Leyva, a quienes servía de anfitrión en fiestas en las que corría el alcohol y las sobras alcanzaban para que comiera todo el pueblo.

Uno de los que se encargaba de organizar esas fiestas era Nemesio Oseguera, actual líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).

Conocí Aguililla a finales de los años 80, cuando sólo se podía llegar por un camino de terracería. El pueblo tenía un hotel de cinco estrellas, antenas parabólicas en muchos de los techos y un gran reloj de carátula dorada que adornaba una de las torres de la iglesia, cuyo hecho justificaba el cura diciendo que las limosnas eran mayores que en otros lados.

El asesinato de Cornejo –supuestamente por una deuda con narcotraficantes sudamericanos– dio lugar a una disputa de poder entre sus lugartenientes Armando Valencia y Carlos Rosales.

Este último, bajo el mando de Cornejo, tenía la encomienda de sacar droga por la frontera de Tamaulipas y echó mano de sus contactos con el Cártel del Golfo para expulsar a Valencia del estado, cosa que logró con su detención en 2003.

Originario de Guerrero y apodado El Tísico, Rosales tenía un grupo de lugartenientes, entre los que estaban Nazario Moreno, alias El Chayo; Jesús Méndez, El Chango, y Servando Gómez, La Tuta.

Cuando Rosales fue detenido en Morelia, en 2004, esos tres personajes formaron La Familia Michoacana para expulsar del estado a Los Zetas, que habían llegado a Michoacán por un pacto entre su antiguo jefe y Osiel Cárdenas, líder del Cártel del Golfo, para correr al grupo de los Valencia.

La cúspide de ese enfrentamiento fue el asesinato y decapitación de cinco zetas, cuyas cabezas fueron lanzadas sobre la pista del antro Sol y Sombra en Uruapan, el 7 de septiembre de 2006. A partir de ahí, la historia es más recordada. Vino la petición de ayuda que el entonces gobernador Lázaro Cárdenas Batel lanzó a su paisano el presidente Felipe Calderón, quien dispuso que fuerzas militares se desplegaran en Michoacán para someter a La Familia Michoacana.

Aquel plan no funcionó, como tampoco el del siguiente gobierno, de Enrique Peña Nieto, de cobijar a grupos de autodefensa para acabar con la violencia que habían desatado Los Caballeros Templarios, que desplazó a La Familia del control de los negocios ilícitos.

Una nueva escisión enfrentó al grupo de Servando Gómez con los hermanos Sierra Santana, apodados Los Viagras –por el peinado en picos de uno de sus integrantes– y éstos aprovecharon la cobertura de los autodefensas para cazar a La Tuta, quien finalmente fue detenido en febrero de 2015.

Hoy, la mayor parte de quienes se formaron a la sombra de Félix Cornejo están muertos o en la cárcel. La excepción más relevante es El Mencho Oseguera, cuyo CJNG hizo una matanza en Uruapan de presuntos miembros de Los Viagras la semana pasada, en su ofensiva por el control de Michoacán.

A raíz de ese horripilante hecho, el presidente López Obrador dice que no repetirá las estrategias fallidas de sus antecesores para pacificar Michoacán, pero no aclara cuál es la suya. ¿Acaso es dejar que el CJNG se vuelva el grupo hegemónico y vuelva la pax narca como la que tuvo el estado cuando vivía Félix Cornejo? Información Excelsior.com.mx

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