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Las mentiras no producen vacunas, sólo muertes y contagios

Por Ángel Verdugo

La pandemia y sus efectos han sido de tal magnitud, que sería imposible para alguien en su sano juicio intentar maquillar —o desdibujar— esa realidad. Ésta, ha desnudado y exhibido en toda su crudeza las peores características de lo que son y cómo son nuestros gobiernos y también, obligado decirlo, una muy buena parte de eso que en varios países del continente pomposamente llamamos clase política.

Es sabido y aceptado con cierta resignación —al menos en algunos de los países de la región donde la simulación y el cinismo nos vienen de lejos en el tiempo—, que todos los políticos mienten y el verbo que mejor conjugan, es mentir; ingenuos que somos, al menos esperaríamos que lo hicieren bien, pues no estamos dispuestos a ir más allá. Asimismo, deseamos que en ciertos problemas donde está en juego la vida de cientos de millones, no lo conjuguen y hablen con la verdad.

Es cierto que hay situaciones donde mentir da beneficios de índole diversa a quien lo hace; por ejemplo, mentir en las campañas da votos. Ya en el puesto para el cual hubiera sido elegido el mentiroso, mentir lo haría popular, simpático y en algunos casos, incluso sabio y capaz, al conjuro de sus deseos y órdenes, de concretar al instante todas las transformaciones inimaginables. Mentir pues, a nadie de los gobernados sorprende y al menos aquí, todo indica que a nadie molesta.

Sin embargo, por encima del conformismo de quienes más que ciudadanos se comportan como siervos, la buena gobernación aconseja que, al menos en ciertos temas como dije, debe evitarse mentir. Esto es particularmente imperativo cuando, lo que está en juego es la vida de millones de habitantes de éste o aquel país. Es en estas situaciones cuando, tanto el mentiroso elegido como sus funcionarios deben, lo entiendan y acepten o no, dejar de lado la mentira y por impopular y dolorosa que fuere la verdad, habría que decirla.

Es en esas coyunturas cuando la mentira mata, cuando no hace que aparezcan como por arte de magia millones de vacunas. Es ahí, cuando lo único que produce la mentira son más y más muertos y contagios que se cuentan por millones. Es en estos casos cuando la realidad exige, a los que durante las campañas se daban el lujo de mentir sin freno alguno y prometían lo imposible, que digan la verdad por cruda que fuere y enfrenten lo que jamás imaginaron sucedería: tener que hablar con eso que hace años dejaron de usar: la verdad.

La mentira, en situaciones como la que hoy enfrentamos, también es peligrosa por otra razón; nos hace bajar la guardia y esperar curas mágicas y milagrosas las cuales, sabemos, dejaron de concretarse hace siglos. Es aquí, cuando los elegidos por prometer lo que sabían jamás cumplirían, deben exhibir con hechos más que con palabras huecas, de qué material están hechos.

Aquí y ahora, las mentiras de nada servirían (lo ha probado una y otra vez la experiencia acumulada en situaciones críticas como la que hoy enfrentan, casi todos los países de nuestro continente), salvo para desnudar a quienes durante años mintieron una y otra vez, con el único fin de ocultar sus vergüenzas y limitaciones profundas en casi todos los aspectos de su vida pública.

Por otra parte, la gravedad de la situación enfrentada hoy en esta parte del planeta, es desigual; no es lo mismo Brasil, Estados Unidos, México y Venezuela, que el resto. En estos cuatro países —en los tiempos actuales de pandemia y el manejo por parte de cada uno de los cuatro gobiernos (Biden apenas tomó posesión este 20 de enero, hace 12 días), las semejanzas de sus gobernantes son tales, que al margen o por encima de las diferencias abismales entre los cuatro, parecen haber sido cortados con las mismas tijeras.

Los antecedentes familiares, nivel educativo y trayectoria política de cada uno (Bolsonaro, Trump, López y Maduro) entre otros factores, podrían llevar a cualquier observador a concluir, que la actuación frente a la pandemia sería muy diferente; sin embargo, los datos duros y las decisiones tomadas desde marzo del año 2020 a la fecha demuestran —con ligeras variantes—, que en vez de cuatro países estamos ante uno gigantesco con cuatro gobernantes regionales.

Las mentiras de los cuatro han producido y producirán cientos de miles de muertos y millones de contagios. No lo olvidemos: mentir en situaciones como ésta, no produce vacunas, sólo muertes. Información Excelsior.com.mx

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